Cruzar los Bajíos de los Mártires hacia Punta Carena había robado dos noches de sueño y dado treinta leguas de miedo a Domingo Cárdenas, porquero extremeño en coraza de conquistador.
Las nuevas recibidas por un mozo de aguada en Isla Ábaco acerca de la sangrienta matanza en la reducción jesuita de Tuxpa le habían dejado mal cuerpo y devuelto a la mente la leyenda de Pedro Barba sobre las doncellas indias que las fuertes lluvias desenterraron en Paloquemado y cuyos cabellos bajo aquella tierra roja crecen por siempre jamás.
Si la mar se hace larga, la tropa la coge con algo, para volcar tensiones si el miedo achucha. Esta vez tocaba la brea apestosa y fresca con la que el Capitán había ordenado embadurnar a la nave en Puerto Deseado, una mixtura viscosa y negra hecha a medias con savia de ahuehuete y chero cocido con semillas de guaba; "para ahuyentar a los mosquitos" decía. Lo cierto es que, con el calor húmedo de los días sin viento, el hedor de aquello podía ahuyentar a las ánimas.
El Capitán tenía miedo, como todos, de remontar con aquel Patache hediondo Río Alvarado, los mosquitos de tierra adentro podían acabar trayendo las fiebres y evaporando la razón de los pocos hombres que quedaban enteros en la Santa Begoña. Santiago Garay se sentó con Domingo después del rancho a maldecir un rato antes de acostarse, la moharra anaranjada que le resbalaba por la manga derecha indicaba que la herida del hombro no había cerrado bien. - ¿Qué vamos a hacer cuando no podamos maniobrar río arriba? ¿desatascar los riscos del río de cuerpos sin la bendición de Dios y sin cabeza como les tocó hacer a los del San Telmo en Río Banderas? Dímelo tú Domingo. Nos dijeron que íbamos a cobrar soldada en Isla Ábaco con el agua y míranos...
Domingo le miró fijamente y espetó: - Sí, pero allá nadie se quedó, llevaban más de tres meses sin saber de la barca de pertrechos y ningún navío de aviso había aparecido con nuevas. A ellos les quedan otros tres meses esperando o que alguien les dé noticias con la aguada. ¿Acaso no prefieres tentar una suerte que quedarte en aquella isla llena de indios enfermos? Mira lo que les pasó a la tropa de Cristóbal de Olit, después de un mes de exploración remontando Río Bernardo dieron con tres urcas varadas en una playa y tuvieron que dejar más de la mitad de la carga de oro por llevar la bodega a rebosar.
Santiago se agarró a la borda, santiguándose. - Esos desdichados que vararon se comieron los unos a los otros Domingo, no pongas lutos en el aire...
Ambos callaron y miraron en silencio cómo el agua oscura y turbulenta de Río Alvarado bajaba mansa, cargada de juncos negros que se trenzaban lentamente alrededor del casco del Santa Begoña, como largos cabellos de india.
Relato atribuído a Francisquito, indio Tairona, único superviviente del naufragio de "La Candelaria" en la desembocadura del Rio Nigua.
Circa 1519.
